continuar

oda a la verdadera fortaleza y a proyecto uno

El ser humano ha conseguido objetivos maravillosos a base de insistir, perseverar y no rendirse.

Edison necesitó más de 1.000 experimentos para poder presentar la bombilla.

Marie Curie dedicó treinta y cinco años al descubrimiento y estudio de la radioactividad. 

¡Olé ellos! 

Por no hablar de la fortaleza que es necesaria para estudiar y acabar los estudios académicos.

O para convertirse en buen profesional o en buen padre o madre. 

Nadie duda de cómo de útiles son estas cualidades para conseguir nuestros objetivos así que este artículo no trata sobre eso.

si fuera tan fácil

Procrastinar  es una palabra que está muy presente en la psicología de divulgación.

Este verbo significa «aplazar un deber, una obligación, un trabajo». 

En consulta, algunas personas confiesan, avergonzadas:  «procrastino en algo que tengo que hacer» y eso les produce angustia y malestar. 

En primer lugar, yo les felicito porque, que les pase eso, significa que están vivas y que no son máquinas ejecutadoras de tareas. 

Después, a la hora de intervenir en la sesión, lejos de poner la atención en el palabro de moda (procrastinar) que me cuesta la vida pronunciar y que tendrá un post para él solito porque tiene mucha chicha, ponemos en el punto de mira la perífrasis verbal: «tengo que…» 

En un momento veremos por qué nos fijamos en una cosa y no en la otra.

Pero antes quiero contar que el otro día vi un anuncio de un analgésico cuyo mensaje venía a ser algo así como: «que nada te pare, ni siquiera el dolor».

La protagonista del anuncio se tomaba el comprimido.

Al instante, la magia de la química surtía efecto y esta mujer era «libre» para seguir con sus «obligaciones» diarias. 

Libre para ejecutar tareas. 

Se la veía tecleando un ordenador.

Al segundo, corría por el parque.

Luego brindaba con sus coleguis en un after office por (imagino) haber conseguido firmar el contrato que perseguía desde hacía meses (he visto muchas pelis, sí). 

Ese mismo día vi escrito en una pizarra de gimnasio: «no hay límites: the sky is the limit».

De repente me encontré tarareando el estribillo del único y celebrado hit de Proyecto Uno, El Tiburón: «no pares, sigue, sigue» mientras hacía la compra y pensaba sobre qué escribir en este blog.

Con esto quiero decir que está bien continuar. 

Todo el mundo lo comenta. 

La vida es eso, ¿no? Continuar con lo que he empezado, seguir, encadenar tareas, no pares, sigue, sigue sigue…

Pero…

¿Y si no me gusta la carrera en la que me he matriculado?

¿Y si no logro encontrar motivación en mi trabajo? 

¿Y si mi relación de pareja sigue adelante por pura inercia y eso me hace sentir un tremendo vacío? 

¿Y si voy como pollo sin cabeza?

¿Y si mi cuerpo duele porque me está dando el mensaje de que «hasta aquí hemos llegado«? 

¿Dónde está el límite? ¿De verdad no hay límite? 

¡Qué miedo!

Hay un mandato ahí afuera que, como el anuncio del analgésico, me dice: AUNQUE TE DUELA, CONTINÚA. 

Por eso es importante llevar la atención a esos «tengo que hacer esto» o «debería hacer lo otro«.

Esas inocentes perífrasis provocan la sensación de estar dando vueltas dentro de una centrifugadora que tiene el botón atascado en un programa infinito de lavado de cerebro.  

Y así llegamos a consulta.

En consulta revisamos nuestros «tengo que…» o «debería…».

El objetivo de este reconocimiento es tomar conciencia de nuestras creencias para poder darnos cuenta de a qué o a quién estamos obedeciendo en nuestro programa de «continuar». 

La técnica para revisarlos es muy fácil. 

Se trata de preguntarme:

 ¿Tengo que hacer esto o realmente quiero hacer esto? 

¿Yo he elegido esto?

¿Esto tiene sentido para mí?

Solo tú sabrás la respuesta y qué hacer con ella. 

Solo tú sabrás si continuar tiene algún significado para ti o si continúas por y  para cumplir.

Si continúas con el objetivo de tachar cosas de una to do list que se ha programado automáticamente para ti y que quizá no está actualizada con lo que realmente quieres.

Y que los cambios son difíciles y que empezar de nuevo da miedo.

Quiero dejar claro que ya sé que hay cosas que son una obligación y hay que hacerlas.

No voy a entrar en la obviedad de ese tema. 

Aquí estamos hablando de las otras cosas, de los aspectos de mi vida a los que les puedo dar una vuelta y decidir qué hago.

Sé que algo nos dice que ese no es el camino fácil porque  solamente el escuchar la frase «decidir qué hago» me produce vértigo en el estómago.

Algo nos dice que quizá es más fácil cerrar los ojos y seguir centrifugando entre «tengo que» y «debería», seguir tachando tareas de la lista y cumpliendo con «lo que hay que hacer», no pares, sigue, sigue, follow the leader, leader…

Parece ser, entonces,  que el camino «más fácil» en la mayoría de los casos sería insistir, continuar cumpliendo, no pares, sigue sigue… y se la llevó el tiburón, el tiburón…

Qué lío. ¿Qué hago?

¿Sigo o no sigo?

¿Paro o no paro?

Cuestionémonos todo esto.

¿Qué es este vacío que siento de vez en cuando a pesar de que, como me han dicho que haga, continúo caminando sin mirar atrás como obediente mujer de Lot?

Razones para continuar

Quizá nuestra fortaleza no reside solamente en persistir, ojos cerrados y pa’lante como los de Alicante. 

A veces, fortaleza no es seguir aunque duela. 

A menudo, fortaleza no significa continuar cuando algo dentro de mí se resiste.

En muchos casos, la verdadera fortaleza reside en parar, preguntarme, escuchar la respuesta que quizá no es la más fácil de oír, negociar conmigo misma, tomar una decisión, respetarme y luego (y solo luego) continuar, cuando ya sé hacia donde dirigirme.

A veces la fortaleza se parece a un acto de rendición.

Es importante encontrar razones para continuar.

Es necesario tomar un café conmigo misma, observar los aspectos de mi día a día con los que estoy satisfecha, felicitarme.

También es importante darme un espacio para reflexionar acerca de si la inercia se está adueñando de otras partes de mi vida, de si tengo la necesidad de cambiar algo de cómo estoy llevando mi día a día.

A veces no es tanto QUÉ hacer sino CÓMO hacerlo.

Que quede claro que no estoy animando al personal a buscar la felicidad plena y absoluta y a evitar la frustración a toda costa, a fluir, a que persigas tu sueño porque nada es imposible y blah blah blah… 

No es este un blog de psicología de autoayuda inocentona que ignora que ahí fuera hay obligaciones y dolor. 

Ahí fuera hay un TODO integrado de experiencias de sufrimiento y placer, de pérdidas, cambios y sorpresas. Se llama VIDA.

Yo solo trato de decirte que ahora mismo no me puedo quitar de la cabeza la canción de El Tiburón.

No la puedo sustituir por ninguna canción que diga algo así como: «aunque no te lo hayan dicho, puedes darte el permiso de parar, hacer un alto en el camino, detener la inercia del mandato de continuar a toda costa y ver qué pasa». 

Así que como esto no te lo han dicho en la tele ni en las canciones ni está escrito en las pizarras de los gimnasios, te lo digo yo:

Puedes darte el permiso de parar, hacer un alto en el camino, detener la inercia del mandato de continuar a toda costa y ver qué pasa. 

El objetivo es que poquito a poco vayas sintiendo que tu vida te pertenece.

El objetivo es que te vayas moviendo desde el autoconocimiento y la autoconciencia: desde cuáles son tus dificultades y cuáles son tus necesidades, valores y recursos.

Seguramente no quieres cumplir setenta años, echar la vista atrás y verte como un pollo sin cabeza autómata.

Seguramente no querrás llegar a la conclusión de que tu trabajo no te ha llenado, de que con tu pareja habéis vivido en la desconexión emocional durante veinte años, de que no has aprendido a decir «no»,  de que has ido en contra de tus necesidades y te has traicionado, de que te hubiera gustado cambiar un poco el cómo de tus asuntos para sentirte mejor dentro de tu vida.

Seguramente no quieres que te pase eso porque te has dedicado simple y llanamente a continuar.

Invítate a ese café. Pregúntate.

Escúchate. 

No dejes que te lleve el tiburón.

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