Empezar
casi una oda al miedo...
¿Cuántas veces habremos empezado algo?
Incontables.
A veces incluso sin tener conciencia de que estábamos empezando.
Apenas recordamos cómo o cuándo comenzamos a caminar o a leer y ahora, por fortuna, lo podemos hacer todos los días.
Y aun así escuchamos el verbo «empezar» y algo se nos mueve por dentro, algo nos da miedo.
¿Miedo al cambio? Sí, puede ser.
¿Miedo a equivocarme, a hacerlo mal? Claro.
A nuestra tremenda mente humana no le gusta fallar y solo con pensarlo nos puede echar hacia atrás.
¿Será que necesito tenerlo todo controlado? Sí. También.
Seguramente sea una combinación de las razones anteriores la que te manda un escalofrío por la columna vertebral cuando sientes que se avecina un cambio mientras otras razones (las que te dicen «sí, vamos a cambiar») te animan a emprender nuevos caminos.
«Más vale lo malo conocido...
…que lo bueno por conocer».
Y desde que somos niños vamos escuchando este tipo de mandatos.
En la infancia todavía no sabemos ni qué significan esas frases pero nos las dicen nuestros adultos, las personas que saben «lo que nos conviene».
Así que nos adueñamos de estas creencias.
Las hacemos nuestras sin habernos planteado si esa creencia la quiero en mi vida, sin dedicar un ratito a reflexionar acerca de si eso es verdad para mí y deseo que guíe mis acciones.
Y sin embargo, cuando en consulta revisamos las sentencias según las que nos movemos, nos damos cuenta de que estamos actuando según estos mandatos.
De ahí la importancia de hacer un alto en el camino para revisar mis introyectos (estos mandatos familiares o sociales que me he tragado sin masticar) y decidir conscientemente si yo quiero creer en esto, si este pensamiento encaja en mi vida y si lo acepto como una de mis verdades.
Ya… pero después de revisados mis dogmas inconscientes, después de reflexionar y elegir en lo que quiero creer… ¡qué miedo sigue dando empezar algo nuevo!
¿y entonces qué hago?
Mírate al espejo.
Observa tu miedo.
Acéptalo: tienes miedo.
Sientes una emoción básica que en muchas ocasiones te ha ayudado a sobrevivir.
Sin la emoción universal del miedo, los humanos nos iríamos tirando precipicio abajo porque también disfrutamos de las emociones fuertes y de las experiencias intensas.
Una parte nuestra lo haría si no fuese por el miedo. Y lo sabes.
El miedo nos protege. ¿Cuántas cosas hemos hecho con miedo?
Yo aprendí a conducir muerta de miedo, tuve mi primera experiencia sexual temblando de pánico (sí, eso era así en los noventa… ya hablaremos de este tema más en profundidad).
Yo fui a trabajar con mascarilla en junio del 2020 imaginando que se avecinaba el día del juicio final.
El miedo va a estar. El miedo nos acompaña.
Puedes mantenerlo delante de ti pero si lo dejas ahí, seguramente te impida avanzar.
O puedes trabajar para darle un lugar a tu lado.
Le puedes hablar: «te veo, sé que me proteges de algo pero esto lo voy a hacer porque es importante para mí, espero que lo entiendas».
Esto es lo que hacemos habitualmente en consulta como parte del trabajo de gestión emocional: reconocer nuestro miedo.
A todos nos gusta sentirnos reconocidos.
Aunque suene cursi, puedes coger de la mano a tu miedo. Puedes darle su espacio para que no ocupe el tuyo.
Nunca te diré que salgas de tu zona de confort si ahí te sientes arropado y reconfortado.
Solamente te diré que si se te mueve algo mientras lees estas líneas, yo sé que puedes empezar aunque sientas miedo.
Te diré que el miedo forma parte y que se trata de escuchar qué viene a decirte.
Se trata de entenderlo, entenderte, atenderte, juzgarte un poco menos, darte lo que necesitas un poco más y empezar…
Pasito a pasito… conscientemente… primero un pie y luego otro, como ya lo hiciste, al menos, una vez hace tanto tanto tiempo.
Aquí te dejo esta canción de Drexler que dice que podemos darnos otra oportunidad, que podemos empezar de cero hasta que nos den otra vez de nuevo, el cinturón blanco.
Se la puedes cantar a tu miedo.

