GESTIÓN EMOCIONAL: qué es la gestión emocional y qué puede hacer por ti
¿qué es la gestión emocional?
Está de moda hablar de gestión emocional.
Y no me extraña.
Es algo muy importante para nuestro bienestar pero que, como ya explicamos en el artículo de Educación emocional: la asignatura que nos faltó en el cole, no se ha tenido en cuenta durante mucho tiempo.
La gestión emocional, explicado de forma simple, es qué es lo que hacemos con nuestras emociones, es decir, la forma en que me relaciono con cada una de ellas.
Hablamos especialmente de las emociones primarias: Tristeza, Alegría, Rabia, Miedo, Asco y Sorpresa ya que estas son innatas e inevitables y a la vez, las que más nos cuesta mostrar.
Antes de seguir, te recomiendo que leas el artículo en el que diferenciamos entre emociones primarias y emociones secundarias porque se hará referencia a lo que se cuenta en él.
Puedes saber, más o menos, cómo estás gestionando tus emociones al responder a preguntas de este estilo:
¿Me dejo sentir el miedo, la rabia o la alegría?
¿Qué emociones han sido prohibidas o vetadas en mi infancia?
¿Qué me decían en casa cuando me enfadaba?
¿Tu cabeza te dice que no sientes miedo pero tu cuerpo te dice otra cosa?
¿Qué emociones mostraban con más seguridad mis cuidadores?
¿Qué emociones no mostraban mis cuidadores?
En cuanto a los tipos de gestión emocional , también podemos explicarlo de forma simple: puedo llevar a cabo una gestión saludable de mis emociones o una gestión no tan saludable que incluirá acciones como evitarlas, enmascararlas o intentar suprimirlas.
Existen también casos, como sería el perfil de personalidad alexitímica en los que la desconexión de las emociones es casi total y trastornos, como el trastorno límite de personalidad, en los que la desregulación emocional se da de forma intensa y frecuente.
Para entenderlo mejor, piensa en que también hay distintos tipos de digestión: hay personas que no sienten ninguna molestia a la hora de digerir los alimentos, otras que viven con el estómago hinchado y también está lo típico de: «es que cualquier cosa que como me sienta mal«.
Lo de la gestión emocional es parecido.
Que gestiones más o menos de forma saludable tus emociones dependerá de tus experiencias tempranas, de cómo te han criado y de cómo hayas podido elaborar (o no) lo que te ha pasado en la vida e incluso de factores neuropsicológicos en los que no vamos a profundizar en este artículo.
¿Por qué es importante la gestión emocional?
Como dijimos en el artículo de «Educación Emocional: la asignatura que nos faltó en el cole», las emociones se activan para cubrir una necesidad de nuestro organismo que puede ser de defensa, ataque, protección, etc.
Seguimos hablando de las seis emociones primarias, que son las que se encargan de cubrir la necesidad de supervivencia de nuestro organismo.
Un par de ejemplos:
Si en primero de primaria me roban un lápiz, sentiré rabia y esta emoción me impulsará a recuperar lo que es mío.
Si mi perra se encuentra delante de un perro más grande que le ladra, sentirá miedo y esta emoción la ayudará a buscar un refugio seguro donde estar a salvo.
Es fácil entender que si nosotros no tomamos conciencia y atendemos la necesidad a la que hace referencia la emoción, esta necesidad no quedará cubierta.
Y así vamos por el mundo… Con un montón de necesidades no atendidas sin ni siquiera haberme dado cuenta de que no me estoy dando lo que necesito.
Esta poca conexión con mis necesidades y la no satisfacción de ellas es uno de los factores que puede precipitar, o nos puede predisponer. al desarrollo de algunos trastornos del estado de ánimo como trastornos de ansiedad o depresión.
Aquí te dejo un estudio que hace reflexiones interesantes sobre el tema: Emoción y Clínica. Psicopatología de las emociones.
¿Qué es lo que ha ido mal? ¿Por qué me cuesta conectar con lo que me pide la emoción?
Quizá en la infancia nos ha faltado acompañamiento a la hora de gestionar nuestras emociones y hemos aprendido a aplicar el parche emocional.
Es decir, en vez de atender las necesidades, me he acostumbrado a poner el foco en otra cosa que a corto plazo parece que atenúa un poco la sensación de la emoción pero que a largo plazo no es sostenible porque la necesidad sigue sin ser cubierta.
No te estoy culpando de ello, de hecho, no dejaré de repetir que en la escuela nos faltó la asignatura de Educación Emocional.
Nuestro punto de partida es que somos supervivientes emocionales. Hemos hecho lo que hemos podido con lo que hemos tenido.
Ejemplos de parches emocionales serían: comer, beber, quedar con gente sin parar, hacer cosas, hacer cosas, mirar las redes sociales comoloca comoloca, ver series, ver series comoloco comoloco, comer, beber, querer tener siempre un plan…
En resumidas cuentas: con el parche emocional intento con todas mis fuerzas seguir en la desconexión emocional.
¿Por qué?
Para evitar la sensación de incomodidad que se aloja en mi cuerpo cuando me quedo a solas.
Porque cuando no se satisfacen las necesidades en mi organismo, se va creando una sensación de incomodidad, de desasosiego, de “no sé ni lo que me pasa pero no estoy bien” que es el estado en el que llegan muchas personas a la consulta de psicología.
En este punto hay dos opciones: podemos escuchar esta necesidad y mirarla a la cara o aplicar otro parche emocional.
Tendemos a desoír nuestras emociones porque a veces no nos gusta lo que nos indican o consideramos que es algo complicado de llevar a cabo: necesitas alejarte de esa persona, necesitas bajar el ritmo, necesitas poner límites en tu trabajo y en tu familia…
Así que hacemos como si nada: nos tapamos los ojos, cubrimos nuestros oídos con las manos como los emoticonos del monito y, de repente, un día simplemente me derrumbo y no sé por qué.
Pero es momento de entender que el hecho de atender nuestras necesidades, aunque en principio parezca complicado, nos proporciona alivio, bienestar, autoconocimiento y nos ayuda a responsabilizarnos de lo que es nuestro.
Nos ayudará, en fin y al fin, a ir adueñándonos poco a poco de nuestra vida.
Que no es moco de pavo.
Si escuchamos lo que nos dicen las emociones, podemos saber si estamos en el lugar adecuado o con la persona que queremos estar. Las emociones nos informan, por ejemplo, de si nos sentimos queridos o no.
De si nos sentimos a salvo o no.
De si hay alguna parte de mí que está desatendida.
De si soy la persona que quiero ser y si tengo la vida que quiero tener.
Toma ya.
Claro que puedo seguir adelante con esta persona con la que no me siento querida y hacer caso omiso a esa sensación incómoda que me acompaña desde hace años…
Claro que puedo continuar en el trabajo que sé que aborrezco y no prestar atención a esa incomodidad que me entra en el cuerpo cuando entro a las 8 de la mañana y que últimamente no me abandona en todo el día…
Claro que puedo obviar esa pérdida que me ha dolido tanto y seguir mi vida haciendo ver que todo sigue tan normal…
Claro que puedo seguir escuchando los mensajes de mierda que me mando a mí misma (nunca haces suficiente, siempre quedas como el tonto del pueblo, si te va mal es porque te lo mereces…) y obedeciéndolos.
La pregunta es hasta cuándo podré hacerlo y en qué condiciones.
La pregunta es si quiero seguir así.
No te estoy diciendo que dejes el trabajo, que te separes y que hagamos aquí una sangría emocional… No es eso…
Se trata de ver qué hay debajo de esas sensaciones, qué quieren contarte, a qué se deben. Es, básicamente, el trabajo que hacemos en terapia.
Porque, como dijimos en el artículo anterior, las emociones son la brújula que me conecta con mi cuerpo y me cuentan cómo estoy y qué necesito, qué es lo que me hace bien o mal o quién me hace bien o mal, hacia donde ir.
Me puedo desconectar, sí, pero eso no significa que la emoción se vaya a callar.
Porque la necesidad sigue sin estar satisfecha.
Es más….
Podemos decir que el cuerpo es la cajita donde se guardan las emociones y que las emociones son energía.
De hecho, cada emoción tiene su patrón biológico y libera hormonas y neurotransmisores para hacernos llegar su mensaje. Lo que quieren es salir, expresarse.
Esa es su misión y si no la cumplen, pueden manifestarse de un montón de maneras en mi vida porque son muy creativas.
¿Me puede agarrar un dolor de barriga por gestionar comme ci comme ça las emociones? Sí.
¿Contracturas musculares? Sí.
¿Ataques de ansiedad? Sí.
¿Épocas de bajón en las que no me apetece nada? Sí.
¿Atracones? Claro.
¿Discusiones con mi pareja? Ya te digo.
Como hemos dicho, es que son muy creativas.
Porque son pura energía hecha de hormonas y transmisores que nos activa y nos da la fuerza para ir hacia esa necesidad que necesita ser cubierta. De hecho, la palabra emoción viene de «edmovere» que significa «hacia el movimiento».
Y la energía no se pierde ni se esfuma, solo se transforma. No lo dice solamente Drexler. Lo dice la ciencia.
Así que si nos esforzamos por evitar, suprimir y eliminar nuestras emociones, esa energía puede “enquistarse”, por decirlo de alguna forma, y se manifestará en un síntoma.
Pues eso: dolores aquí, sensaciones de malestar allá, un día y otro día y otro día y «de repente», ¡pum!
Las emociones son como esas personas que las semanas antes de las elecciones tiene la misión de darte la carta que te da la supernoticia de que te ha tocado de presidenta en la mesa electoral.
No van a abandonar su misión así como así y tarde o temprano te vas a enterar de su mensaje.
Esa es su misión.
En este punto podrás entender que la gestión emocional es muy relevante para nuestro bienestar general.
De hecho, podemos afirmar que con una gestión saludable de las emociones estamos previniendo tanto enfermedades y malestar físico como mental.
si son tan importantes, ¿Por qué siento tanta desconexión de mis emociones?
Hay muchas razones por las que no se nos ha educado en gestionar emociones.
Primero de todo, si nuestros padres, madres, tutores, maestros, profes, etc., no habían recibido esta educación, no podían transmitirla.
Ellos no tenían las herramientas para traspasárnoslas.
No puedes enseñar a alguien a construir una casa si tú no sabes ni hacer cemento.
Eso está claro.
Y también está claro que aquí no estamos buscando culpables.
Siempre defenderé que cada uno hizo lo que pudo con lo que tuvo y que d’allà on no n’hi ha, no es pot treure, como se dice en Ibiza, mi tierra.
Aparte de que las personas adultas con las que nos hemos criado no tuvieron la oportunidad de aprender a entender y regular sus emociones, entendemos que hay emociones que son “difíciles” de sentir porque sus sensaciones son desagradables.
La rabia, por ejemplo, me activa demasiado y tengo la sensación de que voy a perder el control.
El miedo me dice que no puedo contra eso y yo quiero poder contra todo.
Y la tristeza me paraliza y yo quiero seguir seguir seguir seguir para no sentir ese dolor.
Pues eso. Nadie ha dicho que aprender a gestionar las emociones sea fácil. Requiere altas dosis de valentía, autoconocimiento, autocompasión y respeto por uno mismo.
Y hora lee esto:
No hay que enfadarse. Daos un beso.
Es que tiene demasiado carácter.
Qué fea estás enfadada, niña.
Chica, alegra esa cara.
Los chicos no lloran.
Cambia esa cara, hombre, que parece que se te ha muerto el gato.
Pedalea. No tengas miedo.
Sé siempre feliz.
No hay que llorar, que la vida es un Carnaval.
No es para tanto, vamos a tomar algo y te olvidas de eso.
El miedo está en tu cabeza.
Hazlo sin miedo.
Son cosillas que suenan familiares, ¿no?
Hay emociones que socialmente nos han sido vetadas, sobre todo la rabia en las mujeres y la tristeza en las hombres.
Eso puede haber tenido un sentido en un contexto pasado determinado.
Ahora ya no lo tiene. Ahora mismo, el no permitirnos sentir las emociones nos crea desconexión y sufrimiento.
Pero también es verdad que esos mensajes se han transmitido durante generaciones y, si rascamos un poco, todos los llevamos tatuados en algún lugar quizá oculto de nuestro cuerpo.
Y no me permito sentir el Miedo.
Y no me permito sentir la Rabia.
Y no me permito sentir la Tristeza.
Hemos aprendido a autoinvalidarnos las emociones.
He escrito Miedo, Rabia y Tristeza en mayúscula porque son como los Tres Reyes Magos: nos traen sus tesoros.
Las intento esquivar pero ellas no se van a ninguna parte porque tienen su cartita para darme: me ha tocado de presidenta en la mesa electoral.
Estas son las tres emociones primarias excluidas por excelencia porque es difícil dejárnoslas sentir.
Sin embargo, ya aprendimos en el artículo de Educación Emocional, que precisamente estas emociones «negativas» son las que más nos han ayudado a sobrevivir desde que el humano es humano y que, por ese motivo, se van a quedar con nosotros.
Nunca van a desaparecer.
Ellas están convencidas de que nos están salvando la vida.
Lo que te quiero decir es que no te queda otra que aprender a gestionar tus emociones porque darle al botón de eliminar o suprimir aquí no es una opción.
GESTIÓN EMOCIONAL EN 5 ETAPAS
Ahora podrás entender que gestionar una emoción significa, en primer lugar (y ahí ya hay trabajo), identificarla para luego poder aceptarla, escuchar su mensaje y actuar según la necesidad que nos está descubriendo.
Una vez recorrido su camino, la emoción se sentirá libre para irse y tú podrás soltarla.
Es un entreno, ¿eh?
No te digo que sea superfácil, especialmente si tenemos en cuenta que cuando nos preguntamos: «¿qué siento?» ponemos cara de morsa y nos limitamos a responder una de estas dos opciones:
«No sé. Bien»
o
«No sé. Mal»
¡Claro!
¡No nos han entrenado en conectar ni en sentir!
Si tenemos la misma Educación Emocional que tuvo una morsa, pues morsas somos.
¡Cuánta falta nos hacía esa asignatura!
El plan es ir poco a poco y paso a paso como si te acabaras de apuntar a un gimnasio innovador donde te proponen ejercicios nuevos y una nueva forma de enfocar tus rutinas de entreno.
Ahora sí. Gestión emocional en 5 etapas.
Etapa 1: Reconocer. Identificar. Entender.
El objetivo de esta etapa es conectar, ponerle nombre a esa emoción y dejar de escapar de ella.
Lo puedo conseguir poniendo el foco en esas sensaciones que se dan en mi cuerpo y que normalmente evito.
Para ello te puedes hacer las siguientes preguntas:
¿Qué siento?
¿Siento algo en el pecho?
¿Lo siento en el estómago?
Esto te ayudará a estar contigo, a escuchar tu cuerpo y luego déjate llegar el nombre de la emoción que aparezca y nómbrala.
Date permiso para pronunciar (delante del espejo es una buena idea):
Siento Alegría.
Siento Rabia.
Siento Miedo.
Siento Asco.
Siento Tristeza.
Después de esto, seguro que podrás sentir un cierto (quizá un mínimo) alivio porque la emoción ha sido nombrada (ha venido a ti para eso) y tú estás volviendo a ti (has venido aquí para eso).
Etapa 2: Aceptar. Validar. Sostener
El objetivo de esta etapa es hacerle un espacio a esa emoción para que se quede contigo y no recurrir a un parche emocional (dícese de mirar Instagram compulsivamente, abrir un paquete de galletas después de comer o quedar conquiensea o tomarme una cerveza oloquesea en dondesea).
Te ayudarán frases como:
Estoy triste. He perdido algo que me importa y estoy triste. Es natural.
Siento rabia. Me he sentido atacado y siento rabia. Es natural.
Tengo miedo. Hay algo que me asusta y tengo miedo. Es natural.
Estás dando un paso muy importante: estás validando tu emoción.
¡¡¡Estás validando tu emoción!!!
Esto es lo que nadie puede hacer por ti y, de hecho, es lo que no hemos aprendido a hacer gracias a frases invalidantes como: no existe el miedo, las niñas guapas no se enfadan o los chicos que lloran son débiles o blah blah blah…
La autovalidación de nuestras emociones es uno de los trabajos más bonitos que podemos hacer.
Es hacer por nosotros algo que quizá nadie antes ha hecho.
Etapa 3: Escuchar
Como ya has aceptado la emoción y sois un poco más amiguis, ahora puedes escucharla.
No digo que sea fácil pero te aseguro que no es tan difícil.
La pregunta mágica es:
¿Qué necesita mi Rabia?
¿Qué necesita esta Tristeza?
¿Qué necesita mi Miedo?
(Siempre nombro a estas tres porque son las más excluidas, ya lo sabemos).
En esta etapa no hagas nada. Solo respira, pon una mano en tu pecho y otra en tu estómago y repite la pregunta.
¿Qué necesita mi…?
Confía. Te llegará la respuesta.
Etapa 4: Actúa según la necesidad de la emoción
Me lo invento pero quizá tu Rabia te ha dicho:
“Necesito que pongas límites a ese compañero de trabajo que se cree que es tu superior y te trata fatal”.
O tu Tristeza te puede haber comentado:
“Mira, quizá la ruptura con esa persona nos ha afectado más de lo que nos gustaría así que nos vamos a quedar unos días en casa para lamernos las heridas”.
Pues dale lo que necesita. Date lo que necesitas.
No es fácil. Lo sé.
Porque ponerle ese límite a tu compañero abusón de trabajo quizá significa que te des cuenta de que te cuesta poner límites y que en tu historia personal eso se repite.
Que ya te pasaba en el cole.
Que sientes que la gente se aprovecha de ti y te sientes incapaz de decir NO o HASTA AQUÍ.
Si ves que el camino se te complica, ven a terapia, porque podemos dar las herramientas adecuadas a tus objetivos.
O quizá te cuesta aceptar que esa ruptura de pareja te ha afectado y tienes mil motivos para negarlo: que si yo soy una persona independiente, que si solo llevábamos seis meses juntos y ni siquiera íbamos en serio…
Ya. Yo te entiendo.
Pero quizá se te están removiendo cosillas como una posible herida de rechazo o de abandono. Cosas que creías olvidadas pero… puede que sigan ahí.
O quizá hay un pensamiento intrusivo por ahí que te está diciendo: «¿Ves? No sé que haces para que nada te dure».
Porque si escuchas a tu tristeza, te lo está dejando claro: te ha afectado y necesitas un tiempito de reconstrucción.
Si necesitas ayuda con ello porque tienes la sensación de que ahí debajo hay más de lo que esperabas, no lo dudes, pégame un toque.
Etapa 5: Soltar
Cuando a la emoción se le ha hecho espacio, se la ha escuchado, ha podido dar su mensaje y se ha cumplido con lo que necesitaba, ya puede marcharse.
Es lo mismo que el hambre.
Porque también en el hambre hay una necesidad que necesita ser satisfecha.
Es lo mismo que la sed.
Una vez puedas soltar la emoción, disfruta de la satisfacción de cerrar un ciclo.
Respira.
Qué gustito, ¿eh?
Si reprimimos y evitamos estas sensaciones que son mensajeras de nuestras necesidades, hay una parte nuestra, la emocional, que se está muriendo de hambre y de sed.
Y tú no quieres ir por la vida como si te limitaras a sobrevivir en un desierto, ¿verdad?

