¿POR QUÉ TENGO HAMBRE EMOCIONAL?
¿QUÉ ES EL HAMBRE EMOCIONAL?
El hambre emocional ocurre cuando sientes que algo no va bien en ti o en tu contexto y utilizas la comida para encontrar el ansiado alivio.
Y también ocurre cuando vas a una boda y comes de pura alegría o pasas por una pastelería y huele tan rico que de repente te entran ganas de zamparte una palmera de chocolate.
Es hambre, sí, pero no el tipo de hambre que te ruge en el estómago porque hace tiempo que no consumes ningún alimento y se acerca la hora de comer. A eso le llaman hambre física.
El hambre emocional que nos preocupa y de la que se suele escribir en internet es un deseo de comer algo (y ese “algo” suele contener grasas, azúcares o carbohidratos) con el objetivo de eliminar sensaciones incómodas que no he aprendido a calmar de otra manera como nervios en el estómago, dolor en el pecho o para acallar pensamientos intrusivos que me vienen agobiando últimamente.
Estas sensaciones que me llevan a comer sin sentir hambre física pueden ser debidas a algo externo como problemas en el trabajo o a mi estado interno de preocupación o frustración, por ejemplo.
Hambre emocional significa que, a menudo, si me encuentro de bajón, como.
Y que si tengo ansiedad, como.
Hambre emocional significa que cuando he tenido un mal día y llego a casa, pillo cualquier cosa de lo que tenga en armario o nevera (y ese “cualquier cosa” suele contener grasas, azúcares o carbohidratos) y lo engullo como si no hubiera un mañana.
Porque también desde pequeña, cuando me aburro, como.
¡Ah, sí! ¿Y el estrés? Pues eso… que si me estreso, como.
Como ves, el hambre emocional no es algo excepcional ni raro.
Todo lo contrario, el hambre emocional está bastante presente en nuestra vida cotidiana.
RELACIÓN ENTRE HAMBRE Y EMOCIÓN
Desde que nacemos, comemos.
Y nos gusta.
Desde que nos enganchamos a la teta de nuestra madre (o a la tetina del biberón) relacionamos comida con estar a gustito, en calma y con la sensación de que nuestras necesidades han sido satisfechas (esto es en el mejor de los casos, claro) hasta la próxima toma.
Y a dormir.
Cuando sintamos hambre de nuevo, lloraremos y obtendremos lo que necesitamos: alimento en forma de leche materna o de fórmula.
Y luego otra siestita.
Somos bebés: la vida es fácil y lo único que tenemos que hacer es echarnos otra siesta antes de soltar el berrido que demande la siguiente toma.
- Estar a gustito.
- Sentir calma.
- Con la sensación en el cuerpo de tener nuestras necesidades satisfechas.
- Con la seguridad en mi sistema nervioso de que la vida es sencilla y de que solo tengo que dormir un ratito y esperar a la siguiente toma porque todo vendrá rodado.
- Sabiendo que a la que pegue un berrido, ¡buffet libre de teta!
Te repito los cuatro puntos anteriores:
- Estar a gustito.
- Sentir calma.
- Con la sensación en el cuerpo de tener nuestras necesidades satisfechas.
- Con la seguridad en mi sistema nervioso de que la vida es sencilla y de que solo tengo que dormir un ratito y esperar a la siguiente toma porque todo vendrá rodado.
- Sabiendo que a la que pegue un berrido, ¡buffet libre de teta!
Si lo pensamos bien, son motivaciones fuertes para el ser humano.
De hecho, estos son los objetivos que muchas personan vienen buscando cuando acuden a consulta de psicología porque en su día a día es lo que les falta: calma, tranquilidad, seguridad, saber cómo satisfacer sus necesidades de una forma sencilla…
¿Tan fuerte es la relación entre la comida y cómo nos sentimos?
Sí.
Desde que somos bebés se establece una relación emocional con la alimentación porque nos la da quien nos cuida, entonces, la comida pasa a ser estar íntimamente ligada con la sensación de protección y cuidado.
Claro, que luego vamos creciendo, y a ver si te suenan de algo estas oraciones:
Mira, te voy a comprar chuches que hoy te has portado muy bien.
Si no lloras más, te compro un helado.
Pues por contestarme mal, te quedas sin postre.
Mmmm… Momento de reflexión:
¿Te das cuenta de que se ha utilizado la comida como recompensa, para premiarnos, castigarnos y para que no mostremos una emoción que un adulto de nuestro alrededor no sabía cómo gestionar?
Va a ser que sí, ¿no? Que emoción y alimentación tienen una relación muy muy muy muy fuerte.
Relación, por cierto, a la que recientemente se le está prestando atención desde los distintos campos de la salud pero también se ha de decir que esta atención se ha hecho de esperar.
Te animo a leer el artículo sobre qué es la psiconutrición y qué puede hacer por ti de este mismo blog, ya que la psiconutrición es una intervención interdisciplinar pensada para acompañar a personas como tú en este campo tan delicado como es nuestra relación con la comida.
Quizá no se le ha prestado especial atención antes a este aspecto de nuestro día a día porque se ha normalizado esta relación entre hambre y emoción:
Si tengo un desengaño amoroso, ¡helado, peli y manta!
En Navidad… ¡a comer como locos porque es tiempo de familia y alegría!
Para celebrar mi cumple, ¡os invito a cenar!
Que tengo un nuevo hijo, ¡os invito a merendar!
¡Claro! La comida no solo está en momentos de bajón, también va ligada a cosillas tan importantes para los humanos como la felicidad, la alegría y el amor…
Además, ya sabes que también la industria alimentaria fomenta el tema del hambre emocional.
Mediante la publicidad, las marcas de comida manipulan nuestras emociones para sacar sus dólares y en sus anuncios publicitarios relacionan los productos alimentarios altamente palatables (que no son alimentos) con conceptos tan importantes para el ser humano como la la libertad, la motivación de sentir placer y la necesidad de cuidado y protección.
Aquí te dejo algunos ejemplos:
- Aquarius: programados para ser libres.
- Red Bull te da alas.
(Mejor no pensar en cómo de ataditos nos tiene la hipoteca y la rutina del trabajo y en las ganas de echar a volar que nos dan a veces).
- Tómate un respiro, tómate un kit kat…
(¿Quién no necesita un respiro? Y si además, es un respiro dulce y crujiente… Dame dos o tres.)
- Prueba el placer adulto.
(¿Quién le dice que no a un poco de placer adulto?)
(Esto es muy personal y no sé tú pero yo regalaría un año de vida para poder volver a la cocina de mi abuela a comer su especialidad de empanada murciana y si es pizza, pues me como una pizza, lo que sea, pero yo lo que quiero es sentirme como en casa).
No verás un anuncio de brócoli o de fruta de temporada. Eso no da dinero.
Entre una cosa y otra ya tenemos el combo completo: Emoción y Alimentación Best Friends Forever.
LA COMIDA: UN POTENTE REFORZADOR
Recuerdo cuando empecé a estudiar la carrera de Psicología.
Me sorprendía ver que en la gran mayoría de experimentos que hacían con animales había comida de por medio.
Y la comida siempre se utilizaba como reforzador, es decir: “si lo haces bien, consigues la comida”.
Escucha bien, ratoncito: si llegas al final del laberinto… consigues la comida.
Si le das a la campanita… consigues la comida.
Y los animalitos tan felices, oye.
El ratoncito se come su cachito de queso y a dormir, con la calma y la satisfacción que proporciona un trabajo bien hecho y la panza llena.
Pero nosotros somos humanos. Somos diferentes, ¿no?
Pues no tanto, la verdad.
La comida también es un reforzador primario para nosotros, los “evolucionados” humanos.
En el apartado anterior has leído sobre los factores innatos, aprendidos y sociales que nos ayudan a comprender la relación entre comida y emoción.
Pero es que si profundizamos en los factores psicobiológicos, veremos que una de las leyes básicas de la psicología nos cuenta que si al acercarnos a un estímulo obtenemos una recompensa que nos gusta, repetiremos.
Y, por contraposición, si la emoción que siento al acercarme a algo es negativa, me alejaré.
Si al besar a alguien siento asco, no lo volveré a hacer. Si al entrar a un sitio siento miedo, no querré frecuentar ese lugar. Si al hablar con un compañero de trabajo siento rabia, haré lo que sea por hablar lo menos posible con esa persona.
Eso lo tenemos clarísimo.
Pero lo más relevante respecto al hambre emocional es que si al aproximarnos a cualquier cosa, sentimos una emoción positiva, nuestro organismo atravesará unos cambios fisiológicos y subjetivos que harán que desee más de eso.
Y la clave de todo esto es el valor emocional que le hemos dado a este estímulo. Si la emoción que siento al acercarme a algo es positiva, querré acercarme más y más.
Es algo instintivo, no tengo que hacer nada para que eso pase, forma parte de nuestros mecanismos de supervivencia que hacen que:
Estoy conociendo a alguien y me gusta, quiero volver quedar.
Visité Ámsterdam, me sentí bienvenida y en paz allí y ya estoy mirando billetes para volver.
Consumo alimentos y eso satisface mi hambre así que querré repetirlo y, de hecho, llevo haciéndolo desde el día 1 de mi existencia.
Y, ¡ojo! Si consumir alimentos ricos en grasas, azúcares o carbohidratos libera toda una tropa sustancias en nuestro organismo que nos hacen sentir muuuuy felices y relajados durante un ratito, pues voy a querer comer ese tipo de alimentos más que una zanahoria o un plato de garbanzos.
Es pura química.
Es un mecanismo desde el que se puede estudiar la adicción, sí, también.
De hecho, hay autores que hablan de “adicción a la comida” aunque es un término que se discute en psicología en artículos como el que puedes leer aquí.
Hasta aquí sé que no te he descubierto la fórmula de la coca-cola (me niego a escribir el nombre de esta marca en mayúscula a modo de revelación contra el dios de la industria alimentaria globalizada y globalizadora pero qué rico está ese fresco liquidito oscuro).
Por cierto, se ve que mi mente ha unido la coca-cola a momentos de alegría compartida y de adolescentes monísimos en la tele brindando por la chispa de la vida…
Tanto que ahora mismo me tomaría una.
Es pura química.
Pero quizá en este punto también necesitamos entender que, a parte del refuerzo positivo del que estamos hablando, utilizamos la comida como refuerzo negativo.
Esto sería algo así como: “Es que comer dulce, me alivia la ansiedad” o “Me di el capricho de un McDonald’s porque tenía una semana con mucho estrés”.
El refuerzo negativo significa que el hecho de llevar a cabo una acción elimina un estímulo que me podría producir malestar.
En este caso, el hecho de ingerir ciertos alimentos eliminaría el malestar que siento.
Lo que es necesario comprender es que el refuerzo negativo también incrementa la posibilidad de respuesta, o lo que es lo mismo, cuando sienta ansiedad o estrés, volveré a comer porque quiero esas sustancias que me encantan circulando por mi body pero, sobre todo, quiero ese estrés y esa ansiedad fuera de mí aunque sea un ratito.
Pues ya vuelvo a tener el combo completo. Si comer me proporciona sensaciones agradables y me libra de las desagradables, ¡a comer se ha dicho!
Sé que quizá resulta complicado de entender pero es que nuestra relación con la comida viene siendo larga y compleja y tiene tantos años como velas de tartas hemos soplado en nuestros cumples.
Ya lo sé. Estás pensado que cuando éramos bebés la vida era fácil:
Si sentíamos miedo, nos tranquilizaba un poco de teta.
Si sentíamos la rabia del hambre, nos la calmaba un poco de teta.
Si estábamos cansados, nos ayudaba un poco de teta.
¿Y ahora?
¿Qué hacemos con ese miedo, esa rabia y ese cansancio?
Aquí entraría la respuesta que escucho de forma repetida en la consulta de psicología:
“Es que todo lo pago con la comida”.
Parte del hambre que sentimos es emocional. Es algo innegable y no dejará de existir.
Forma parte de nuestra experiencia en la tierra como seres humanos.
¿POR QUÉ TENGO HAMBRE EMOCIONAL?
Si has leído hasta aquí en el artículo, la pregunta más bien sería:
¿Cómo no vas a tener hambre emocional?
En cuestiones de hambre emocional se juntan la intención de supervivencia (estamos diseñados para buscar e ingerir comida), con las motivaciones de seguridad, protección y placer y el aprendizaje de toda una vida…
Hemos visto que la comida es un potente reforzador primario para todas las personas desde que llegamos al mundo. Y a su vez, el ser humano ha utilizado el alimento de forma cultural y grupal para compartir momentos de jolgorio, júbilo y alborozo (¡qué tres palabras! ¡qué maravilla!).
Además, ahora sabes que has estado utilizando ciertos productos alimentarios para tratar de apaciguar o al menos reducir el impacto de momentos chungos.
Si la comida nos sirve para todo eso, ¿cómo no vamos a sentir hambre emocional?
Lo repito para que quede claro que no estamos juzgando a nadie.
Es absolutamente natural que a veces “lo pague con la comida”.
Tú no te acordarás pero seguramente, cuando te estaban poniendo tus primeras vacunas, le recomendaron a tu madre que mientras tanto te diera el pecho.
Desde aquí validamos la experiencia de hambre emocional. No la queremos controlar ni aniquilar ni hacer que desaparezca.
Lo que queremos es conocernos y aceptarnos un poquito más.
Pero también es cierto que sería necesario que reflexionáramos acerca de la frecuencia e intensidad de la conducta.
Lo relevante aquí sería plantearnos que detrás del hambre emocional, si la siento a menudo y me dificulta el día a día, como ya te puedes imaginar, suele haber un trasfondo psicológico que no sabemos gestionar de otra manera.
La comida, en especial estos alimentos “reconfortantes” o “placenteros”, no solo nos libra (eso sí, solo momentáneamente) del estrés o de la ansiedad sino que también está ahí para momentos de soledad, aburrimiento, frustración, bloqueo o confusión… así como para aligerar los sentimientos de vacío…
No puedo dejar de mencionar en este artículo que menudo nos encontramos en la consulta de psicología con que hay heridas emocionales de infancia o experiencias traumáticas que no están curadas y que estamos intentando «tapar» de alguna forma con la comida.
En este caso la comida actúa como una estructura de protección, como una defensa que no deja de estas cosillas salgan a la luz pero sabemos que sería bueno para nuestra salud mental que podamos gestionar estos asuntos sin utilizar los alimentos para ello.
Le estamos poniendo demasiado peso a la comida, ¿no? Sin saberlo, la estamos haciendo responsable de que nos solucione un montón de papeletas…
Si ese es el tipo de hambre emocional que crees que sientes, entenderás que tu relación con la comida no está siento saludable.
Porque corremos el peligro de entrar en un círculo vicioso: la comida me proporciona un alivio inmediato pero luego vienen los sentimientos de vergüenza, de arrepentimiento, es decir, las sensaciones incómodas que puedo tender a calmar con la comida de nuevo porque no tengo otros recursos para apaciguar todo este revoltijo.
Si no tenemos otros recursos para gestionar nuestras emociones y nuestros temitas del día a día, esta relación con la comida nos puede preparar el camino para caer en episodios de ingesta compulsiva.
Y es que comer no soluciona tus problemas.
La sensación maravillosa que te da la comida es temporal, lo sabes, y cada vez dura menos y pesa más la culpa.
Además, podrás imaginar que esta relación con la comida puede acarrear problemas en la autoestima, en el autoconcepto y también puede afectar a tu salud física, psicológica y social.
Este artículo solo trata de qué es el hambre emocional y de por qué la sentimos.
De momento no vamos a dar soluciones pero sí que te digo que hay otras formas de buscar alivio y bienestar.
De hecho, te invito a leer los artículos de gestión emocional de este mismo blog donde también encontrarás artículos sobre cómo gestionar cada una de las emociones difíciles.
Quizá te apetece echarle un vistazo a este otro artículo en el que doy 5 consejos prácticos para aliviar la ansiedad por la comida.
Porque aunque tener hambre emocional sea algo natural, no queremos normalizarlo ni dejar de prestar atención a que se nos puede ir de las manos.
Tampoco te vas a machacar por ello.
Es cuestión de ir haciendo pequeños cambios.
Al fin y al cabo nuestro cerebro está diseñado para aprender cosas nuevas durante toda la vida así que puedes seguir reflexionando, puedes seguir leyendo, puedes implementar poquito a poco técnicas que te ayuden a descargar a la comida del peso de hacerte sentir alivio.
Y si crees que necesitas ayuda porque lo ves muy cuesta arriba, ¡no dudes en contactarme!
Yo… voy a tomarme una coca-cola para celebrar que acabo de publicar el artículo… ¡Sensación de vivir!

