GESTIÓN emocional DE LA tristeza
¿Para qué nos sirve la tristeza? Expresión y función biológica de una emoción silenciada
Antes de hablar de la gestión emocional de la tristeza, explicaremos para qué nos sirve esta emoción.
Si estoy sintiendo tristeza es porque he sufrido una pérdida de algo valioso para mí.
O he fracasado en algo importante.
Y no puedo andar por la vida (aunque ponga todas mis fuerzas en ello) igual que si todavía tuviera lo que he perdido o igual que si hubiera conseguido eso que me importa.
Al menos de momento.
Porque la tristeza me para. La tristeza me pone triste.
Nos ayuda a bajar el ritmo, a ahorrar energía, a recluirnos, a tomarnos el tiempo que necesitamos para tomar una nueva dirección.
La tristeza te indica que lo que ha pasado es importante, que no disimules, que te toca una época de dolor y, por eso, te para un poquito, te pide tregua con el objetivo de que vuelvas a coger fuerzas.
La tristeza también ayuda a reforzar el vínculo con las personas de tu alrededor porque te anima a buscar consuelo entre los tuyos.
Es la abuela Cebolleta que nos protege en un momento delicado y nos dice:
Cariño, ¿dónde vas así como estás?
Me dice la abuela Cebolleta mientras yo me lavo la cara para disimular un poco los ojos rojos y la hinchazón, me sueno los mocos escandalosamente (porque ¿cuántos mocos pueden salir de una nariz, joder?) y doy un portazo.
He llamado a mis amigas para salir. Yo así no me quedo en casa.
Porque cuesta sentir mi tristeza. Es que la tristeza me pone triste y le baja el ritmo a mi cuerpo y yo no quiero sentirla, no, porque duele.
La tristeza no es una emoción agradable.
Pero, claro, no es tan fácil escapar de ella: Tu Tristeza siempre se apunta al plan.
Se va contigo al bar donde has quedado. Se sienta en tu misma silla aunque hagas por no verla.
Ahí tienes a la abuela Cebolleta abrazadita a tu estómago. Te acompaña. Intenta cuidarte. Si tú no te quedas en casa, ella tampoco.
Y se hace notar.
A nivel físico puede presentarse como ganas de llorar, sensación de vacío, movimientos lentos del cuerpo, modificaciones en las facciones faciales (rostro abatido o «menudo careto que llevo hoy»), poca hambre, poca concentración.
También puedes notar problemas de sueño, sensación de nudo en la garganta, opresión en el pecho, pesadez en los hombros e incluso dolor físico.
Desde luego, no son síntomas maravillosos los que acabamos de describir.
Y sin embargo, mi organismo necesita enviármelos para pararme un poco, evaluar la herida, expresar el dolor, canalizarlo y… poco a poco ir sanando.
Si nos prohibimos la tristeza, nos prohibimos que nuestro organismo lleve a cabo el proceso de entender lo que ha pasado, canalizar el dolor y cerrar esa herida.
Evitar la tristeza nos puede acarrear desde síntomas de estrés, ansiedad o depresión hasta crearnos dolor de cabeza, dolor estomacal o migraña. A la larga, todo eso puede llegar a debilitar nuestro sistema inmune.
Además, como la emoción lucha por salir y regularse, al intentar no hacer caso a mi tristeza puede darme por llorar en cualquier momento y mi organismo buscará cualquier excusa para ello.
Ya hemos explicado en el artículo de Gestión emocional de la rabia que las emociones son pura energía que viaja por mi organismo y que esa activación necesitará expresarse sea como sea.
La tristeza puede, como la rabia, trasladarse, ocupar lugares y tiempos para expresarse que no son coherentes con la situación.
Y veo una peli y no puedo parar de llorar. Pero algo exagerado… parezco una regadera…
Y veo que me he olvidado la llave del trabajo cuando ya estoy en la puerta y me da otro ataque de llorera…
Si la tristeza se desregula, necesita regularse. De ahí la importancia de la gestión de la tristeza.
En terapia, a veces nos damos cuenta de que odiamos nuestra tristeza porque nos «incapacita» para hacer lo que «queremos hacer» porque no nos queremos dar cuenta de que este es el momento de parar. De que eso que «queremos hacer sí o sí» quizá es simplemente otra excusa para evitar gestionar la tristeza.
Cuando odio mi tristeza es como cuando odio a la persona que me ha dado la carta que me informa de que me ha tocado de presidenta en la mesa electoral.
Podemos entender que el mensajero no tiene culpa de nada: solo trae el mensaje.
¿Por qué me cuesta sentir tristeza?
No es fácil tomar la decisión de:
“Vale, toca parar. Esto que ha pasado me ha dolido y toca darme un break”
No es fácil sentir tristeza porque la tristeza duele físicamente, los síntomas son desagradables. Las cosas como son.
Pero es que tampoco me queda otra. Huir de la tristeza no significa que vayan a desaparecer esos síntomas. Ya lo hemos visto en el apartado anterior.
Además, si le huyo a mi tristeza, cuando note los síntomas de tristeza en otra persona, quizá no seré capaz de sostener lo que le está pasando.
No podré acompañar al otro en su tristeza si yo no he trabajado la gestión emocional de la mía.
Porque en cuanto siento la tristeza del otro, esto hace que se despierte la mía.
Y si me he currado mucho la evitación de la tristeza, voy a escapar (otra vez) porque me resuena con mi propio malestar y porque es la relación que tengo con esta emoción, el juego del escondite emocional.
No envidio esta postura porque los evitadores de tristeza suelen ir a todos lados con un nudo en la garganta, presión en el pecho y evitan hablar de cualquier tema que los pueda emocionar porque saben que pueden estallar.
Si una persona se está trabajando y gestionando su propia tristeza, podrá acompañar en estos momentos a las personas de su alrededor ya que el ser humano está programado para empatizar.
Y ahora lee esto:
Anda, ¿por qué lloras? Eso no es nada, no llores.
Ya encontrarás motivos para llorar de mayor.
Si no lloras, te compro el juguete que elijas o un montón de chuches.
No estés triste, tío, vamos de fiesta y se te pasa.
La tristeza es de débiles. Hay que ser valientes.
Llorar es de nenazas.
Nadie nos han enseñado a gestionar el dolor.
Ya lo dijimos en el post de Educación Emocional: la asignatura que nos faltó en el cole.
La tristeza es una emoción que nos han invalidado en nuestra infancia porque duele y a los niños se les quiere proteger del dolor.
Se entiende, claro, no nos gusta que los niños sufran.
Nuestros cuidadores hicieron lo que pudieron. Evitarnos pasar por el mal trago de la tristeza fue, en la mayoría de casos, lo mejor que supieron hacer.
No culpamos a nadie. Se hizo lo mejor que se supo en el momento…
Nos ahorraron sufrimiento en el corto plazo peeeroooooo…
Si me están enseñando a pasar por alto la tristeza en mi infancia, el mensaje que me llega de todo esto es: “de la tristeza hay que escapar porque no es válida”.
Así que a pesar del dolorcito en el pecho me disfrazo con «la mejor de las sonrisas» y pa’lante.
Y así es como también intento sacar de la tristeza a las personas que nos rodean (¡Venga! ¡Alegra esa cara y vámonos de fiesta!).
Y te vas de fiesta.
Mejor dicho, os vais de fiesta.
Porque la abuela Cebolleta te empieza a hablar en el primer bar : “¡Vámonos para casa a estar calentitos! ¿Qué hacemos aquí? Ni siquiera te apetece estar aquí y lo sabes”.
No quieres escuchar. Te tomas otro cubata. Es el tercero y quizá después del cuarto logras emborrachar un poco a la abuela Cebolleta y callarla un rato.
Pero ella tenía razón y al día siguiente… Ufffff… No hay suficientes clínex en el universo.
Necesitas a tu tristeza.
Ella te contará que tienes derecho a estar triste y a expresar tu tristeza estés donde estés.
Viene a decirte que las personas que te quieren te van a querer igual aunque estés triste, aunque por unos días olvides el disfraz de la sonrisa.
Gestión de la tristeza en 5 etapas
Etapa 1: Reconocer. Identificar. Entender.
Ya explicamos en el artículo de Gestión emocional: qué es y qué puede hacer por ti, que el primer objetivo es re-conocer mi tristeza, abrirle la puerta para poder entenderla.
Te has prometido que vas a dejar de querer suprimirla.
Ya conoces cuáles son sus síntomas de posible llanto, sensación de vacío, movimientos lentos de tu cuerpo, «menudo careto que se me ha quedado», poco apetito, problemas de sueño, poca motivación, sensación de nudo en la garganta, opresión en el pecho, pesadez en los hombros e incluso dolor.
Todo esto lo sabes porque lo has leído en el anterior apartado de ¿Para qué nos sirve la tristeza? Expresión y función biológica de una emoción silenciada.
Así que ahora puedes concentrarte en esas sensaciones de desmotivación, incomodidad, lentitud y dolor aunque sabes que te va a costar.
Pero ahora tienes la seguridad de que es mejor no huir.
Solo queda nombrarla:
“Es mi tristeza. Estoy triste. Siento tristeza.”
Esto ya puede rebajar un poco el dolor.
Primer paso superado.
Etapa 2: Aceptar. Validar. Sostener
Yo ya sé cuál es la función biológica de la tristeza porque lo acabo de leer en el apartado; ¿Para qué nos sirve la tristeza? Expresión y función biológica de una emoción silenciada.
Voy al segundo paso.
Puedo validar mi tristeza con frases como:
Siento tristeza porque he perdido algo importante para mí.
Es natural que esté triste ahora y que tenga estas sensaciones.
Mi cuerpo me pide que baje el ritmo para poder aceptar y sanar esta pérdida.
Estoy en el camino de aceptar que siento tristeza y me comprometo a sostenerla, es decir, a no intentar dejarla en casa mientras doy el portazo.
Etapa 3: Escuchar su mensaje
¡Bien! Estoy segura de que si has podido trabajar en las dos primeras etapas, el dolor será más liviano.
Has aprendido que no puedes ni quieres culpar a la otra persona de tus emociones porque tú eres la única responsable de lo que sientes así que ahora toca escuchar.
Pero, ¿por dónde empiezo?
Preguntándome qué es lo que he perdido, en qué he fracasado que era tan importante para mí.
Será duro escucharlo porque nombrarlo significa que existe y que esta pérdida comienza a ser una realidad.
Un ejemplo muy recurrente es una ruptura de pareja. Ahí mi tristeza me puede estar diciendo:
“Claro que duele, cariño, esto es una separación y va a doler durante un tiempo así que vamos a bajar el ritmo un poco. De esta manera vamos a poder curarnos bien para volver a estar fuertes”.
Otro ejemplo.
Si considero que he “fracasado” en algo que es importante para mí (lo de “fracasado” también se puede trabajar y transformar en un término un poco menos hiriente para la autoestima) como puede ser suspender unas oposiciones, puedo escuchar que mi tristeza me dice:
“La verdad es que menuda jugarreta, teníamos ahí puestas un montón de esperanzas, sí. No hace falta que te vuelvas a poner a estudiar ya, ¿eh? Ahora un poco de quedarse quieto, tómate un tiempo de sofá, clínex y poca cosa más porque así vamos a recobrar fuerzas”.
Porque mi tristeza habla en tono cariñoso. En un tono de abuela.
Etapa 4: Actúa según la necesidad de la emoción
El miedo que suele haber a la hora de darme el permiso para sumergirme en mi tristeza es que siempre me voy a quedar así.
La mayoría de nosotros tenemos referencias de personas de nuestro alrededor que son personas tristes, como si se les hubiese cronificado la tristeza.
Es por eso que solemos escapar de ella. Tenemos miedo de que se apodere de nosotros.
Sin embargo y paradójicamente, no conocemos a nadie que haya hecho una buena gestión emocional de la tristeza y se haya quedado atrapado.
Pero sí que conocemos a personas que han hecho una pobre gestión emocional de la tristeza y van arrastrándola, disimulándola, como si no estuvieran tristes pero siempre lo están, solo un poco pero casi todo el rato.
Para pasar a la acción a la hora de hacer una gestión emocional de la tristeza saludable, puedo preguntarme:
¿Qué necesita mi tristeza?
Y como en el caso de la tristeza hay poca acción a la que pasar, las respuestas serán algo así como:
Sofá, clínex, hacer cositas suaves y agradables, pasear por la naturaleza, quedar con personas con quien tienes una relación nutritiva y con quienes puedes hablar de todo, dedicar un tiempo a expresarla creativamente como más te guste: pintar, escribir, cantar..
Y Amén.
Os estáis dando tiempo y espacio.
Confía en que se despedirá cuando la situación duela menos, cuando la herida vaya cerrando.
Etapa 5: Soltar
Y poco a poco voy notando (porque no he dejado de conectar con mis sensaciones, que son las mensajeras de cómo está la intensidad de la emoción en mí) que tengo más energía.
También duermo mejor, siento más hambre y me apetece hacer más vida social.
Me preparo para despedir a la tristeza.
Le agradezco el aprendizaje y le digo “Hasta la próxima”, porque todos sabemos que habrá una próxima vez.
No hay un tiempo determinado “de duración” de la tristeza porque depende de muchos factores como el impacto de la pérdida, si era esperada o no, mis experiencias previas con la emoción, mis estrategias de afrontamiento, si tengo otros dolores acumulados y este dolor me los ha despertado…
Pero si algo te dice que la cosa se está alargando demasiado, pide ayuda a un profesional.
Como te digo, puede ser que esta pérdida te haya removido otras y que te haya metido un poco el dedo en la llaga que no estaba del todo cerrada.
Una ruptura de pareja puede despertar la herida de abandono infantil, por ejemplo.
Hablando claro: si no las vas trabajando, las pérdidas se acumulan y las emociones retenidas nos pueden bloquear.
Aquí sería complicado cerrar el ciclo de la emoción.
Si ves que lo necesitas, la terapia está dispuesta a ofrecerte las herramientas necesarias para trabajar con ello y yo estoy dispuesta a acompañarte.
Por cierto, ¡dale recuerdos a la abuela Cebolleta!

