no me gusta mi cuerpo

¿QUÉ ES LA INSATISFACCIÓN CORPORAL?

Me miro al espejo: me miro y no me gusta mi abdomen ni la forma de mis caderas, no me gustan mis piernas ni mi culo y, por tanto, cambiaría todo esto

La insatisfacción corporal es la sensación amarga que sientes cuando haces una valoración negativa de tu apariencia física.

Eso es la insatisfacción corporal: la incapacidad de vivir a gusto con tu cuerpo y en tu cuerpo.

Imagino que lo has entendido a la primera con el ejemplo del espejo, que todo eso ya lo sabes, pero quizá no sabes que por debajo de esta sensación tan desagradable de preocupación crónica, lo que encontramos es una imagen negativa de nuestro físico totalmente construida y aprendida.
crónica?

¿QUÉ ES IMAGEN CORPORAL E IMAGEN CORPORAL NEGATIVA Y CÓMO TE AFECTA?

La imagen corporal, la que te devuelve el espejo, no es la apariencia física

Son cosas distintas.

La apariencia física es algo objetivo que se refiere a tu aspecto exterior, sin opiniones ni juicios de ningún tipo. La apariencia física es lo que realmente hay.

Sin embargo, la imagen corporal es una experiencia subjetiva porque involucra las percepciones positivas y negativas que las personas tenemos de nuestra apariencia, los pensamientos, sentimientos, comportamientos y actitudes acerca de nuestro cuerpo.

Así que la imagen corporal es eso: una imagen, un reflejo, y, a veces, ya rozando el trastorno dismórfico, puede llegar a ser casi una alucinación.

Es esencial para nuestra salud mental entender que desde lo que hay realmente delante del espejo (tu cuerpo desnudo) hasta lo que llega a representarse en tu mirada (imagen corporal) pasa por un millón de filtros:

  • El filtro aprendido en la cultura de la dieta  de lo que es un cuerpo bonito (“el cuerpo ideal”, “el cuerpo deseado”, “el cuerpo canónico”)  que hace que tenga, por comparación, una opinión mejor o peor de mi apariencia.
  • El filtro del día que haya tenido o de qué humor esté hoy.
  • El filtro de si esta semana estoy entrenando o no.
  • El filtro de si he comido recientemente algún alimento “prohibido” o de si estoy “cumpliendo con la dieta”.
  • El filtro de las opiniones que recibí sobre mi cuerpo cuando era niña.
  • El filtro de lo que se me ha comentado sobre mi apariencia cuando me he encontrado al vecino esta mañana: “pareces cansada”, “se nota que te cuidas”… (¿alguien ha solicitado opinión a las 7.42 en el ascensor?).
  • El filtro de cuánto hayas deseado tener el cuerpo de la Barbie en comparación con el tuyo para conseguir la compañía del Ken.
  • El filtro de cuánto éxito has tenido o has dejado de tener debido a tu cuerpo (sé que este filtro es doloroso pero existe, ¿para qué engañarnos?).

Esos filtros componen las gafas que llevas puestas de forma inconsciente al mirarte al espejo.

Y ahora yo te pregunto: ¿esos filtros por los que pasa tu apariencia suelen devolverte una imagen con la que te sientes satisfecha y en paz?

Si es que sí, guachi. Eso es que tienes una imagen corporal positiva. No hace falta que estés encantada con cada centímetro de tu cuerpo para tener una imagen corporal positiva

Y aquí hago el inciso de que si estás encantadísima con tu cuerpo porque te lo has currado muchísimo a base de dietas y jumping jacks y lo vigilas constantemente para que no gane ni un kilo y sabes que aún te quedan detallitos por remodelar, seguramente no estés tan encantada como crees.  

Seguramente no tengas una imagen corporal positiva. Seguramente te estés relacionando de forma ansiosa con tu apariencia.

Esta sociedad nos ha hecho confundir salud con estética.

Porque, a pesar de lo que hayas escuchado, ir al gimnasio de forma compulsiva y contar macronutrientes no es salud. Ni mucho menos es salud mental.

Por el contrario, las personas que tienen una imagen corporal positiva se sienten cómodas en su cuerpo, disfrutan de él, saben que no es perfecto, lo aceptan como es y no piensan continuamente en lo que le cambiarían para sentirse más cómodas con su apariencia.

Las personas que tienen una imagen corporal positiva no hipervigilan los cambios de su cuerpo y dedican su vida a cosas que las llena de sentido: hacer ejercicio para cuidarse (no para estar buenísima), pasar tiempo con sus seres queridos, dedicarse a sus motivaciones y aficiones…

Como te lo digo: hay personas que pueden alejarse de los cánones de belleza y no tener ningún problema de imagen corporal.

Pero…

Que levante la mano quien se mire al espejo y le sea devuelta una imagen con la que se siente contenta. 

Que levante la mano quien se mira al espejo y se gusta.

Poca gente en la sala, ¿no?

Eso es porque hemos sido instruidas en pasar por un montón de filtros chungos nuestra apariencia física: presiones sociales, opiniones no solicitadas, señalamientos hacia partes de nuestro cuerpo que no “son como deberían ser” según el canon (se nos puede haber criticado nuestros pechos pequeños, pechos grandes, caderas anchas, caderas estrechas muslos gordos, muslos flacos…).

Eso es porque, en gran parte gracias a lo que nos enseña la cultura de la dietahemos aprendido a tener una imagen corporal negativa de nuestra apariencia.

Guárdate este concepto: imagen corporal negativa. 

La imagen corporal negativa es lo que siempre encontramos por debajo de la insatisfacción corporal y sus devastadoras consecuencias para nuestra autoestima.

Sé que no te lo acabas de creer.

Y es que la imagen que te devuelve el espejo parece tan real, ¿verdad? 

Parece tan real que no te acabas de creer que la imagen que tenemos de nuestro cuerpo es una percepción construida y aprendida que depende de muchísimos factores, lo que antes hemos llamado “filtros”.

Te juro que cuando estudié la asignatura de Psicología de la Percepción flipé: no vemos el mundo como es, lo vemos según nuestras experiencias y según lo que hemos aprendido que es.

Porque, por ejemplo, la manera en que vemos a nuestra pareja cambia según lo vivido y nuestros sentimientos hacia ella, ¿no?

No vemos de la misma forma la apariencia de nuestra pareja el primer año de enchochamiento como cuando estamos en el juicio luchando por la custodia de los niños.

Porque (perdón, sé que me repito más que el ajo) la imagen corporal es fruto de nuestra percepción y de nuestra experiencia y pasa continuamente por múltiples filtros.

La representación mental que tú tienes de tu apariencia es el resultado de, por ejemplo, qué se ha dicho de tu cuerpo a lo largo de tu historia, o cuándo han aparecido los primeros mensajes de la sociedad sobre los estereotipos del cuerpo ideal que aprendes a desear.

También depende de cuánto te has comparado (y cuánto te han comparado) con el cuerpo canónico y cómo se ha gestionado eso en tu familia y en tu contexto. 

Esto es muy relevante porque, como la imagen corporal se construye en en base a nuestro aprendizaje y a nuestra experiencia la parte positiva es que, como todo lo que hemos aprendido, puede ser cuestionado y desaprendido. 

Y ese es el objetivo de esta serie de artículos sobre insatisfacción corporal.

Así que es buena idea ser conscientes de lo que hemos aprendido para luego iniciar la tarea de desaprendizaje.

En la construcción de la imagen corporal encontramos tanto factores individuales que tienen que ver con tu historia personal como factores sociales que se derivan de vivir irremediablemente inmersas en la cultura de la dieta y que en el caso de esta creación subjetiva, tienen mucha relevancia. 

Empezamos por los primeros.

¿CÓMO SE CONSTRUYE NUESTRA IMAGEN CORPORAL NEGATIVA A NIVEL INDIVIDUAL?

Imagina esta situación:

Hay una crítica temprana no solicitada sobre tu cuerpo “si comes todas las galletas, no te entrará el vestido de Comunión”, “ya te están creciendo las caderas”, “caray, tienes cuerpo de mujercita”, “si sigues así de flaca, no vas a encontrar novio”… y un largo y triste etcétera de comentarios desafortunados.

Estas referencias a tu físico te producen una sensación desagradable que no sabes gestionar

Porque en esta sociedad no nos enseñan a respetar y cuidar de nuestro cuerpo, que es nuestra casa, por encima de todas las cosas. Más bien nos enseñan a explotar nuestro físico para conseguir cosas como aceptación social o éxito.

Entonces, tú, que no tienes herramientas para hacerlo de otra manera, asocias esa sensación desagradable con tu cuerpo en sí. Aprendes a relacionar incomodidad y cuerpo

Ya te ves diferente en el espejo. Te fijas en eso que ha sido señalado.

eras una niña que vivía feliz y en paz con su cuerpo. 

Ni lo juzgabas ni le exigías más de lo que te daba: que te acompañara a jugar al parque, que te proporcionara descanso, que se activara por la mañana para ir al cole y que estuviera contigo a la hora de disfrutar de los cumples de tus amiguis. 

Que hiciera una buena digestión y que te llevara al baño, al menos, una vez al día. Que te transmitiera las señales de placer derivadas de chuperretear la piruleta con gusto.

No le pedías más. Él tampoco te pedía a ti. Estabas en perfecta escucha y convivencia con tu cuerpecillo.

Pero un buen día aparece el juicio y el señalamiento y con esos dos, la incomodidad con tu cuerpo.

Y empiezas a sentir algo nuevo y feo hacia tu cuerpo.

Has aprendido a rechazar tu cuerpo

Te olvidas de todo lo que tu cuerpo hace por ti y tu cuerpo pasa a ser algo separado de ti, un ente que te produce las sensaciones desagradables de no encajar, de insatisfacción, de vergüenza, de rabia porque no cumple con las expectativas sociales de cómo ha de ser.

Algo que puedes juzgar y culpar de tu malestar. 

Y, claro, te entran muchas ganas de cambiarlo, de manipularlo para que sea lo que se espera de él que sea.

Pistoletazo de salida: se ha empezado a construir tu imagen corporal negativa.

Pero la historia no acaba aquí.

Lo que te acabo de contar tiene que ver con nuestra experiencia lejana, cuenta la historia de la relación que tenemos con nuestro cuerpo.

Sin embargo, la imagen corporal que te devuelve el espejo cada mañana también tiene que ver con experiencias más cercanas y cotidianas. 

Porque tú ya has aprendido a observar tu cuerpo continuamente, a vigilarlo, a someterlo a juicio incansablemente, ¿verdad?

Por eso, la imagen corporal llega a cambiar según el día y la hora. Qué loco, ¿no?

Por ejemplo, imagina que tienes la creencia férrea de que comer carbohidratos por la noche engorda.

Es viernes y te cenas una pizza con tus amigas.

El sábado por la mañana te miras al espejo. Te miras a través del filtro de la creencia disfuncional de los carbohidratos y de la vergüenza y de la culpa. 

¿Qué te va a devolver el espejo?

Resolución de la sentencia: una barriga hinchada que se soluciona “compensando”, por ejemplo, y te pones a fruta todo el fin de semana, no desayunas ni cenas, sales a correr el doble de tiempo, entrenas sábado y domingo…

Otro ejemplo: te has puesto la obligación de salir a caminar dos horas diarias y hoy te has quedado en el sofá.

Te miras al espejo y te ves peor que ayer.

Ayer sí que saliste a caminar las dos horas. Ayer te veías mejor.

¿O no?

Sé que te suena a mentira. Sé que piensas “pero es que mi apariencia cambia según si he comido pizza o si he salido a caminar”.

Y yo te contesto: nuestro cerebrín es muy potente y percibe lo que quiere según tus creencias y te manda los mensajes según lo que has aprendido

Eso sí que son filtros y no los de Instagram.

Primer consejo del día: 

Amiga, tómate la “realidad” de tu imagen corporal con pinzas porque eso no es la realidad. 

Duda de los pensamientos que vienen a tu cabeza al mirarte al espejo: son fruto de una construcción, de la percepción, de un aprendizaje.

¿La buena noticia? Que todo lo aprendido es cuestionable y podemos aprender a cambiar los filtros a través de los cuales nos percibimos.

¡Mi favorito es el filtro del amor propio y de la aceptación incondicional de la persona que soy!

(Es un filtro que no todos los días está disponible, pero work in progress…)

Poco a poco. Ya llegaremos a eso.

Cabe mencionar que no todo el mundo sufre de insatisfacción corporal, es cierto.

Hay más riesgo de caer en la insatisfacción crónica si has recibido comentarios negativos sobre tu cuerpo a edades tempranas o si se han criticado tus cambios físicos en la adolescencia.

Aquí también cuenta qué tipo de relación existe por parte de tu familia y personas cercanas con la alimentación o con el cuerpo. Y también es importante tu personalidad: si eres una persona más o menos segura, más o menos sensible al rechazo o a la evaluación externa.

También tiene que ver con cómo está tu autoestima, cómo de nutritivas son tus relaciones sociales…

Por supuesto, hay más riesgo de sufrir insatisfacción corporal si tiendes a compararte compulsivamente o si tienes a gestionar tus emociones desagradables desde los mecanismos de supresión y el control.

Pues eso. Que no todas las personas viven en el purgatorio de la insatisfacción corporal.

Pero es cierto que somos muchas las que compartimos existencia con este martirio y que es algo que está muy presente en nuestra sociedad actual.

Así que llegados a este punto te estarás preguntando por qué tú y casi todas tus amigas (y muuuuchos amigos) tenéis una imagen corporal negativa que, en los días malos, os hace convivir con la molesta sensación de rechazo a vuestra apariencia.

Y yo te pregunto:

¿Que tú tengas malos pensamientos o emociones hacia tu cuerpo es el problema? 

¿El problema es tuyo? 

¿Y de tu amiga Sonia?

¿Y de tu amiga Marta?

¿Y de tu amigo Pablo?

¿Y de tu tía la que te daba los consejos de “el plátano engorda”?

¿Y de tu vecina que se ha puesto por cuarta vez en este año a la dieta de la piña?

Pues no. Vamos a dejar de patologizar de forma individual lo que es una problemática comunitaria y social.

Que tú tengas estos pensamientos o emociones que te hacen daño lo sufres tú, es cierto, pero no es la base del problema. Que tú lo pases mal es una consecuencia, un resultado.

El problema son todos los mensajes, señalamientos y juicios que hemos recibido hacia nuestro cuerpo y que nos han hecho creer que nosotras somos el problema.

El problema es la tendencia social a la sobrevaloración de la imagen que hemos aceptado como norma sin haberla elegido.

Se nos ha creado esta insatisfacción corporal negativa porque conviene.

Claro que conviene.

Una sociedad insatisfecha es una sociedad que consume.

Una sociedad insatisfecha es una sociedad que compra.

Compramos productos light, antiarrugas, anticelulíticos, máquinas de cavitación, aplicaciones para hacer ayuno intermitente… Caemos en la trampa.

Y en esa trampa han caído las personas que te han criado porque no escapamos (ni tu amiga Marta, ni tu tía ni tu vecina) a los mandatos de la cultura de la dieta.

Y es que la imagen corporal que se fomenta desde la sociedad es la imagen corporal negativa ya que esta insatisfacción con tu físico te impulsará a hacer lo que sea para conseguir callar esa insatisfacción.

Y para eso inviertes, sobre todo, tiempo y dinero porque no te gusta estar incómoda con tu cuerpo.

Lee este artículo sobre quien sale ganando con la cultura de la dieta y lo verás claro. 

Te lo adelanto: los protagonistas son los dólares.

Por eso, tu insatisfacción no es el problema.

El temazo es esta sociedad que te quiere crónicamente insatisfecha y que señala continuamente que hay algo malo en ti.

Basta con que mires los anuncios de la tele un rato o escuches tus pensamientos al entrar en Instagram: en nuestra sociedad se fomenta la imagen corporal negativa.

¿CÓMO SE CONSTRUYE NUESTRA IMAGEN CORPORAL NEGATIVA SOCIALMENTE?

Ya hemos hablado de que nuestra imagen corporal no surge de la nada sino que se construye en un contexto: familia, amigos, medios de comunicación…

Es impepinable el hecho de que la forma en que nos vemos en el espejo pasa por un montón de filtros sociales.

Esto pasa desde bien temprano en nuestra vida y se mezcla con nuestro autoconcepto.

Es tan simple como que nos repitan desde el año 0 de nuestra existencia: “si es que tú eras una glotona, te enganchabas a la teta y no parabas”.

Luego, cuando en la adolescencia te percibes en el espejo “con unos kilos de más”, esta inocente frase que te ha dicho tu tía con todo el cariño del mundo también está en el saco de lo que te devuelve el espejo y escuchas en eco:

“glotona… glotona… glotona… no parabas… no parabas… no parabas…”

Te montas tu propio Halloween corporal.

Ese comentario es uno de tus filtros y en este artículo te trato de convencer de que investigues los filtros a través de los cuales ves tu imagen corporal construida.

Porque como todo lo construido, se puede derribar y volver a construir.

No digo aquí que no se pueda comentar cuánto come o no come un bebé. Tu tía te hacía ese comentario y se quedaba tan feliz porque un bebé que come, es un bebé que sobrevive. 

Te pongo ese ejemplo porque un inocente comentario también se ve reflejado en la imagen que te devuelve el espejo.

Y entre estos aprendizajes sociales no solo están lo que se nos ha dicho en la familia.

En esta sociedad donde reina el culto al cuerpo y a la belleza normativa, nos han hecho creer que tener el cuerpo ideal está asociado a un montón de características deseables. 

Esto suele pasar en especial a las mujeres  porque hay varios mecanismos sociales que exigen que nuestro cuerpo se acerque a los cánones de belleza para conseguir los atributos que trae asociados ese canon de belleza.

Fíjate: las personas que tienen un cuerpo perfecto en los cuentos infantiles, en Netflix y en Instagram, son queridas y respetadas, encajan socialmente y consiguen tener éxito y la vida deseada.

Las personas que tienen un cuerpo fuera del canon… no tanto. Y eso también forma parte de las lindezas que aprendemos en la cultura de la dieta.

Aprendemos a hacer esas asociaciones automáticas:

«Si tengo cuerpo perfecto: tendré éxito y conseguiré lo que quiero».

También puedes leer sobre la teoría que en 1997 que Barbara Frederickson y Tomi-Ann Roberts sacaron a la luz sobre la autoobjetificación de la mujer

Trata de cómo utilizamos nuestro propio cuerpo.

De cómo utilizamos nuestro cuerpo como si fuera un objeto para ganar estatus, autoestima, u otros beneficios.

Nos deshumanizamos.

Y eso es lo que tendemos a hacer con otros cuerpos: verlos y tratarlos como objetos.

Deshumanizarlos. 

No hay culpa. No es extraño que hagamos esto teniendo en cuenta que eso es justamente lo que nos enseñado a hacer. 

Y esto ocurre porque como verás, aquí se está jugando con motivaciones básicas para el ser humano como la necesidad de sentirte querida y valorada dentro del grupo. 

A este tipo de motivaciones en psicología las llamamos “básicas” o de supervivencia porque en el tiempo de nuestros tataratatarabuelas a quien quedaba fuera del grupo se lo comía un león. Y chau.

Por supuesto que quieres pertenecer. A toda costa.

El mensaje de “si no tienes el cuerpo ideal, te quedas fuera” va directo a un lugar instintivo que nos hace reaccionar, es por eso que obedecemos ciegamente a los mandatos de la cultura de la dieta.

No tener el cuerpo que se supone que tengo que tener hace que sienta cosas feas hacia mi cuerpo, que quiera cambiarlo para conseguir lo que trae asociado un cuerpo ideal: cariño, respeto, amor, sensación de pertenencia…

Es que si se pone tanta carne en la parrilla, es fácil llegar a experimentar un estado de insatisfacción corporal crónico.

Otros factores que fomentan que le prestemos tanta atención a nuestra imagen corporal es la costumbre social de dar y recibir cumplidos (o dejar de darlos o recibirlos) según el físico. 

La historia de cómo un simple gesto, que es una costumbre (“oye, si yo solo te digo lo bien que te queda ese top”), desata el caos interno.

Por ejemplo, imagina que acabas de pasar por una tremenda época de estrés, has roto con tu pareja y lo has llevado regulín.

Pierdes apetito y pierdes peso.

Como una de las normas no escritas de la cultura de la dieta es que se castigan ciertos cuerpos y se premian otros, las personas de tu alrededor comentan tu cuerpo delgado y te felicitan: te sientes vista a través de una pérdida de peso.

Qué peligro… Tu cebrebrillo asocia aceptación social y éxito (sentirme valorada y amada, motivaciones básicas) a perder peso

El aprendizaje ya está en marcha para próximas ocasiones: cuando me encuentre mal, es una buena idea manipular mi cuerpo y perder peso.

Las redes sociales no ayudan, desde luego. Estamos continuamente hiperexpuestas a imágenes de estos cuerpos canónicos y deseados. Los comparamos incansablemente con nuestro cuerpo “normal” de tobillos anchos y rodillas de agricultora… 

Nos hacemos llegar mensajes de lo poco adecuadas que somos, de todo el esfuerzo que tendríamos que hacer para alcanzar ese (inalcanzable) ideal que aparece en foto tras foto en los ratitos de automartirio y scrolling.

Entramos en una rueda que nos hunde en sentimientos de frustración y desesperanza. Nos cuesta sostener nuestra mirada en el espejo.

A veces, incluso, crees que tu “yo ideal” está al alcance de tu mano a través de filtros y posturitas en las fotos… Pero en el fondo sabes que te engañas.

Y más sentimientos de frustración y desesperanza.

Pero eso de las redes ya lo sabemos todas. Eso es lo que hay, así que hablemos de lo que nos falta.

Nos faltan referentes sociales de diversidad corporal, personas a las que admirar por sus logros y que tengan un cuerpo “normal” con sus tobillos anchos y sus rodillas de agricultora. 

Porque tu cerebro, como hemos comentado, aprende por asociación: todas las personas que tienen éxito tienen un cuerpo maravilloso.

“Para tener éxito, yo necesito tener un cuerpo maravilloso”: pensamiento automático guardado en el cofrecito de aprendizajes importantes.

Amén.

Todo hijo de vecino alimentamos esta rueda de mentira y comparación a través de la imagen que vendemos en las redes.

Porque sí, estás delgada, pero también estás jodida porque no logras superar la ruptura y lloras todas las noches y no le ves sentido a nada.

Pero por la mañana te maquillas, subes a Instagram una foto de tu cuerpo que ha perdido el ansiado peso (tu cuerpo, que a duras penas te va arrastrar hacia el trabajo porque lleva tres días a base de café y picos integrales porque la ansiedad no te deja comer) y publicas, junto a la foto, el comentario: “Never felt so good before”.

En inglés porque mola más.

Pero en la red no cuentas que te has hecho cuarenta y cinco fotos y que, ni siquiera dentro de ese cuerpo demacrado  heroin chic de los 90, consigues encontrar el bienestar.

Recibes ciento ochenta y siete likes.

Sientes algo parecido a la felicidad.

Pero no lo es.

Porque no dura.

Y por la noche, vuelves a llorar abrazada al vacío que es no encontrarte cuando te buscas.

¿Por qué nos hacemos esto las unas a los otras?

Vivimos en esta sociedad que nos impone un exceso culto al cuerpo y le bailamos el agua.

Le lamemos la mano a esta sociedad neurótica como perritos abandonados.

¿Te das cuenta? La delgadez se ha vuelto un requisito indispensable para sentirte aceptada, querida, valorada… feliz…

¿Feliz?

No te creas los mensajes de “conseguir este cuerpo me cambió la vida”. Muchas veces son fruto del autoengaño y la pérdida de conexión con nosotras mismas.

Te quedas atrapada entre la presión por seguir estando delgada y el miedo a engordar.

Una cárcel de oro.

Aprendemos, porque nos lo enseñan a diestro y siniestro, que hacer dieta y perder peso nos puede dar el control de cambiar nuestro cuerpo para conseguir los atributos asociados a ese cuerpo ideal: éxito, cariño, aceptación, confianza, seguridad en ti misma…

Pero en este gincana enrevesado y triste lo único que encontramos es con un montón de frustración y de sufrimiento.

Y quizá también te encuentras con un puñado de likes que, después del subidón de dopamina, en tres horas te volverán a dejar sumida en el profundo abismo de ti misma.

Te has creído la mentira de que conseguir la ansiada delgadez y el cuerpo normativo solucionará todo lo que está mal en tu vida.

Porque, claro,  aquí no son tontos: se nos crea el problema y también la solución.

Y es importante que entiendas esto.

La dieta y su cultura aparecen como respuesta a todas nuestras inquietudes.

Abre los ojos y pon conciencia a los miles de productos que se está moviendo a nuestro alrededor gracias al mercado que es tu cuerpo.

No nacemos odiando nuestro cuerpo, aprendemos a odiarlo.

Mejor dicho: nos enseñan a odiarlo.

Pero nos dan (si gastamos tiempo y dinero en ello) el antídoto contra el odio: liftings, ropa que te sienta mejor según tu figura, entrenamiento con electroestimulación, productos zero, champiñones anticelulíticos,  blanqueamientos anales

La solución es siempre invertir tiempo y dinero.

Tiempo y dinero que no estás invirtiendo en lo que realmente te proporciona bienestar, por cierto.

¿Sabes lo que realmente te proporciona bienestar?

No, ¿verdad?

Esa es una gran demanda con la que me encuentro en consulta cada vez más frecuentemente.

No tenemos ni idea de qué es lo que nos ayuda a encontrar ese ansiado estado de contentura y paz con nostras mismas.

Desde luego, ponernos a dieta otro verano más y comprarnos el último champiñón anticelulítico del mercado no nos proporciona esas sensaciones.

Hasta ese punto nos han desconectado.

CONSECUENCIAS DE LA INSATISFACCIÓN CORPORAL

Las alteraciones de la imagen corporal son una de las características diagnósticas y clínicas de mayor relevancia en los trastornos de conducta alimentaria (TCA) así como uno de los factores de pronóstico más importantes de la bulimia y la anorexia nerviosa.

La insatisfacción con el cuerpo y las alteraciones de la imagen corporal se encuentran asociadas con la falta de control sobre la comida, hacer dietas restrictivas, obsesión por la pérdida de peso, miedo a engordar y la existencia de atracones y vómitos. 

Es más, la persistencia de la insatisfacción corporal después del tratamiento de los TCA es uno de los mayores predictores de recaída en los TCA

Por otro lado y sin llegar a desarrollar un trastorno, tener una imagen corporal negativa, nos lleva a sentir vergüenza e incomodidad con nosotras mismas de forma constante, una especie de descontento que normalizamos y que hemos llamado “insatisfacción corporal”.

Y la insatisfacción corporal se asocia a más posibilidad de sufrir ansiedad social, depresión, mayor disfunción sexual y menor disfrute. 

Además, esta relación complicada con tu cuerpo, te lleva a tener menor capacidad de interocepción que es la conciencia que tenemos de lo que pasa en nuestros órganos internos, es decir, darme cuenta de si tengo hambre, por ejemplo, o de si estoy cansada o de sentirme saciada.

Nos desconectamos de las señales y necesidades de nuestro cuerpo porque dejamos de  atenderlo verdaderamente.

Es cierto que lo vigilamos pero lo solamente nos “cuidamos” de su apariencia, de su estética.

La gran consecuencia de la insatisfacción corporal con la que convivimos gracias a los mandatos de la cultura de la dieta es esa: una inmensa desconexión de nuestro cuerpo y de nuestras verdaderas necesidades.

Que no es poco.

Alternamos entre dañar e ignorar nuestro cuerpo a obsesionarnos con él y exigirle objetivos imposibles.

Tiranizamos nuestro físico.

Nos convertimos en pequeñas dictadoras para las que todo está mal: forma de los muslos, brillo de la piel, anchura de tobillos, volumen de los brazos…

Y nos encargamos de que ese mensaje llegue.

Le decimos continuamente a nuestro cuerpo: “Estás mal. Estás errado. Eres inadecuado. Hay que cambiarte sea como sea”.

¿Te imaginas recibir ese mensaje de forma constante?

“Estás mal. Estás errada. Eres inadecuada. Hay que cambiarte sea como sea”.

Pues es lo que haces contigo misma.

Y lo haces de forma inconsciente, sin haberlo elegido, porque este maltrato es fruto de un sibilino aprendizaje patrocinado por los dueños de los mercados de productos zero, cosméticos y operaciones estéticas.

La insatisfacción corporal nos invita a vivir en un sinvivir, a experimentar un malestar continuo hasta llegar a sentir ansiedad.

Y, entonces, quizá tu herramienta favorita para aliviar estas sensaciones negativas es buscar la aceptación y el cumplido a través de la pérdida de peso y la transformación de tu cuerpo. 

Al fin y al cabo es lo que aprendiste cuando te sentías mal por la ruptura y te felicitaban por lo delgada que te quedaste, ¿recuerdas?

Total, que empleamos soluciones ineficaces para tratar lo que nos preocupa y acabamos en un círculo vicioso e infinito de insatisfacción, desesperanza y frustración.

Por el camino, nuestro autoconcepto se ve tocado y hundido: cada vez soy más dependiente de que me digan, a través de los comentarios que recibo hacia mi cuerpo, si soy digna de aceptación y amor o no.

Esto afecta a nuestra autoestima, que no es que estuviera muy boyante, pero va a peor. La insatisfacción corporal puede acarrearnos consecuencias graves porque cuando odiamos nuestro cuerpo, este sentimiento se puede extender a toda nuestra persona.

Si odio mi cuerpo, puedo llegar a odiarme.

Solo tú sabes en qué fase estás y qué tipo de relación tienes con tu físico.

Pero si te das cuenta de que estás llevando a cabo conductas de evitación y conductas de comprobación, quizá es el momento de pedir ayuda. 

La Psiconutrición es una disciplina que te ayuda con todo este jaleo.

Una conducta de evitación es dejar de ir a la playa (que te encanta) porque no te ves capaz de ponerte el bikini, porque no quieres que la gente vea tu cuerpo, porque te sientes incapaz de sostener todo ese malestar.

(Reproduzco las palabras “capaz” e “incapaz” porque son las que escucho en consulta. Hasta tal punto hemos entregado nuestro poder…).

Las conductas de comprobación o “checking” son las que te impulsan a estar vigilante todo el tiempo en los espejos del gimnasio, de la discoteca, de tu casa, de las tiendas, de casa de tu amiga… Compruebas obsesivamente cómo de mal o bien te quedan los pantalones. 

También compruebas, cuando estás sentada, si esta camiseta “te hace chicha” y cambias de postura continuamente para que nadie se dé cuenta de que, efectivamente, te hace chicha.

(Porque resulta que todas las camisetas te hacen chicha, o al menos así te ves a través de los múltiples filtros de tu imagen corporal negativa).

Estos comportamientos producen una ansiedad elevada que quizá tratas de aliviar, de nuevo, controlando la forma de tu cuerpo o tu peso. Y otra vez el ciclo de malestar sin fin.

En el peor de los casos, te obsesionas por la dieta y la comida, restringes alimentos sabiendo que eso eso los hará más apetecibles y que cualquier día, quizá, llega el atracón.

Porque sientes hambre fisiológica y sientes hambre emocional.

Y claro que llega el atracón, porque la prohibición engendra al deseo.

Y llega la culpa, la vergüenza y el castigo.

La vida se vuelve dicotómica y solo hay dos opciones: hacer las cosas bien o hacer las cosas mal.

Ahí entran la rigidez y la falta de flexibilidad en la relación con la comida y con tu cuerpo.

Te vuelves tu peor enemiga.

Sientes presión y estrés continuamente, sobre todo por parte de los pensamientos y sentimientos hacia ti misma.

Pierdes autoconfianza, ¡claro! ¿Cómo vas a confiar en una persona que te trata de forma rígida e inflexible y que te dice de forma continua que estás errada?

¿Una persona que te castiga y que te hace sentir culpa?

No hay espacio para disfrutar.

Son tremendas las consecuencias de querer solucionar todos nuestros problemas mediante el control de la forma o el peso de nuestro cuerpo.

Claro que nos podemos llegar a obsesionar.

Podemos llegar a desplegar diversas estrategias de control: obsesionarnos con el tiempo de salir a correr o con las horas de gimnasio o con el número de pasos, contar y obsesionarnos con las calorías consumidas y con cómo podemos “compensar” y “quemar” las que hemos consumido “de más”… 

Estrategias rígidas de control que fallarán porque no somos máquinas y, de nuevo, culpa, vergüenza, frustración y castigo.

Si hacemos caso a todos estos mensajes que nos dicen que necesitamos un cuerpo perfecto para alcanzar el éxito, integraremos creencias disfuncionales sobre lo que es “cuidarme”.

Nos están ayudando a confundir estética con salud.

 Cuidarme no es relacionarme conmigo misma desde el control de unos hábitos rígidos.

 Y sentir culpa y castigarme si me salgo de estos hábitos.

 Cuidarte no es desconectarte de las necesidades de tu cuerpo.

Cuidarte es tener la certeza de que no es tu cuerpo lo que está mal, es todo lo que te han hecho creer sobre tu cuerpo lo que está fatal.

Cuidarte es buscar la flexibilidad en el trato hacia ti misma, la conciencia de qué necesitas en cada momento.

 Cuidarte es escucharte.

 Cuidarte es volver a conectar con las señales de tu cuerpo de hambre, descanso o saciedad. 

 Qué menos, ¿no?

 Él sigue estando ahí, esperando tu vuelta a pesar de todo.

 Vale. Me he puesto muy melodramática pero es que el tema lo merece.

 ¿Y qué hacer? Pues para enterarte de cómo puedes combatir la insatisfacción corporal puedes leer el siguiente artículo.

 Pero ya te lo voy adelantando.

Es necesario que reflexionemos y dudemos de todo lo aprendido que proviene de los mandatos de la cultura de la dieta.

 Es necesario desarrollar una mentalidad crítica ante el modelo imperante de belleza y lo que eso viene causando en nosotras desde hace generaciones. Es necesaria la denuncia social, por así decirlo.

 También es buena idea hacer un trabajo emocional de autoestima y reafirmación del autoconcepto.

 Y, ¿cómo no? El protagonista de todo: hacer un trabajo de vuelta a casa.

Aprender a agradecer a tu cuerpo todo lo que hace por ti, conectar de nuevo a pesar de que no sea  “el cuerpo perfecto”.

 Por último, escucha bien.

 Es un mensaje que se suele oír con poca frecuencia.

 Es un mensaje que ojalá me hubieran transmitido con trece años cuando empecé con las dietas de sopa de cebolla, a dormir con incómodas fajas para la pérdida de grasa abdominal (!!!!) y las semanas de consumir únicamente litros de sirope de savia.

 Escucha bien: tener el cuerpo deseado no es requisito ni condición indispensable para tener una vida satisfactoria y llena de sentido.

 De verdad, no lo es.

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